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Julia Puig: El colecho nos eligió

mayo 2, 2018 0 comentarios

Oliver – Julia Puig Photography

Aunque conocía las ventajas de dormir con el bebé desde antes de quedarme embarazada, porque pasé por una etapa en la que devoraba información sobre todo lo relacionado con la maternidad, lo cierto es que colechar con mi hijo no fue una decisión consciente que tomase desde el principio. Tampoco se trató de un caso de “colecho por supervivencia”, como le sucede a algunas mamás que duermen con sus bebés para facilitarse el atenderlos mientras se recuperan de un parto algo complicado o de una cesárea. Y sin embargo puedo afirmar que mi hijo no ha dormido ni una noche en una cuna.

Durante el embarazo me hice con una minicuna para el lateral de la cama. Las llaman “cunas de colecho” porque están cerca de la mamá al no haber barrera entre medias, y mi yo de entonces estaba convencida de que sería muy cómoda para los dos. La equipé entera con varios juegos de sábanas, almohada, mantita y hasta un edredón mini. Sólo faltaba su pequeño ocupante para que fuera perfecta. Y entonces nació mi bebé.

Mi experiencia con el colecho

La noche de su nacimiento no fui capaz de apoyarlo en la cunita de hospital ni cinco minutos. Su padre y yo nos turnábamos para cogerlo y siempre estaba en contacto con una superficie humana. Y cuando llegó la noche… no pude ponerlo a dormir ahí, lejos de mí. Mi cerebro racional sabía que estaría cerca, a unos centímetros de mí, pero mis hormonas de leona, de madre recién parida, no me permitían dejar que mi bebé durmiera sin estar en contacto conmigo. Así que esa noche la pasó conmigo en la cama, mientras yo pensaba que era por las hormonas del parto y que la siguiente noche dormiría en la cuna.

Pero llegó la siguiente noche y me pasó lo mismo, no pude dejarlo lejos de mí. Decidí que cuando llegásemos a casa ya sí que sí estrenaría su cunita nueva que con tanto mimo le había preparado, pero tampoco fui capaz. Me dije que sería la primera noche sólo, para irnos acostumbrando, pero que a la siguiente… Y tampoco. Nunca durmió en su cuna, terminé regalándola a los 6 meses después de haber funcionado como mesilla y cama de gatos.

Por eso siempre cuento que, a nosotros, el colecho nos eligió. Me alegro mucho de haber escuchado a mi instinto animal primario que me impedía alejarme de mi bebé. A muchas mamás nos pasa eso, y a nuestros bebés les pasa también, porque nuestro instinto es el mismo que tenían nuestros antepasados de las cavernas, cuando dejar a un niño dormido y alejarte significaba casi seguro que moriría a manos de algún animal salvaje. No hemos cambiado en estos miles de años y por eso nuestro instinto nos hace quererlos cerca, aunque a veces la mente racional se imponga, pues utilizando la lógica sabemos que en una cuna en casa están a salvo de cualquier peligro.

A favor del colecho

Pero la lógica también tiene argumentos muy buenos a favor del colecho. Para mí, el más importante sin duda es la comodidad: atender y dar el pecho a un bebé que está a tu lado en la cama es una tarea tan sencilla que muchas veces la hago casi sin despertarme. Si por la mañana me preguntan cuántas veces ha mamado mi hijo, muchas veces no sé qué respuesta dar; mis despertares han sido tan breves que directamente no me acuerdo, porque como el bebé duerme a mi lado en la cama no me tengo que quedar despierta hasta que termina, sino que puedo volver a dormirme en cuanto se ha enganchado, y todo esto sin levantar la cabeza de la almohada. Para mí esto es mucho más cómodo que sentarme en la cama, sacar al bebé de su cuna (con los consabidos riesgos de que se despierte y se desvele), meterlo en mi cama, darle el pecho, esperar a que termine y volverlo a traspasar a la cuna.

Además, para mí el colecho es una respuesta instintiva porque sé que mi hijo quiere lo que yo quiero. A mí no me gusta dormir sola, desde siempre me ha gustado dormir con mi pareja, abrazarlo en medio de la noche, sentirme segura… es otra manera de relacionarme con él y compartir un rato que, aunque no estemos plenamente conscientes, refuerza nuestra relación. Y a mi hijo le pasa lo mismo con nosotros: no quiere dormir sólo en una cuna fría, sino debajo de nuestras mismas sábanas, donde puede olernos y tocarnos cuando quiere. De hecho, muchas noches mi bebé sin despertarse extiende la mano y me busca por la cama, y sólo cuando me nota la cara y el pelo (para asegurarse de que soy yo y no su padre) se relaja y se vuelve a quedar tranquilo. Le gusta notar mi presencia mientras duerme, saber que estoy ahí, y para mí esa seguridad es lo mejor que puedo regalarle.

También creo que el colecho es una manera muy buena de ‘’compensar’’ al bebé por esos ratos inevitables que suceden durante el día en los que no estoy con él. Para él un día ideal (por lo que comentaba antes del instinto) es un día pasado entero a mi lado. Pero con la vida moderna que llevamos no siempre es posible: tenemos que trabajar, que hacer recados, que salir a cenar en pareja y mil cosas más, lo que nos resta inevitablemente horas con nuestro hijo. Él lo nota aunque no diga nada, y nos echa de menos. Y creo, por lo que he observado, que dormir con nosotros le ayuda a compensar esas horas separados y a sentirnos más cerca. Las noches que lo he dejado con alguien para salir a cenar siempre duerme mucho, mucho más abrazado a mí, sin querer dejarme ir, como queriendo decir ‘’quédate conmigo, mamá’’.

Resumiendo

A nosotros el colecho nos funciona a muchos niveles: lo práctico porque así descansamos mejor, es afectivo porque nos gusta dormir todos juntos, es emocional porque nos permite estar más tiempo con él, que es lo que queremos todos. No a todas las familias tiene por qué funcionarles lo mismo, está claro; no hay una única manera correcta de pasar las noches en familia y en cada casa se hará de una manera particular, según lo que funcione a esa familia. Pero te animo a que, si nunca has colechado, lo pruebes una o dos veces… quizá te sorprenda el resultado.

Oliver – Julia Puig Photography

 

Puedes leer más de Julia en su blog.

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